viernes, 16 de febrero de 2018

No sabes que lo sabes.

Creo que fue Agustín García Calvo quien dijo que la gramática es eso que sabemos sin saber que lo sabemos. A todos nos resulta bastante fácil construir oraciones gramaticalmente correctas, pero nos resulta mucho más difícil explicar por qué esas oraciones son correctas o no. Esta aseveración es cierta mientras no nos salimos de nuestro idioma. Cuando abandonamos el terreno que conocemos desde niños, sufrimos más.
En los últimos años, la traducción automática está avanzando mucho, pero aún así, de vez en cuando nos encontramos con frases ininteligibles. Las herramientas de las redes sociales (Facebook, Twitter, Youtube...) nos ofrecen  traducciones a nuestro idioma de las publicaciones hechas en otras lenguas. Tengo la sensación de que las traducciones de publicaciones en inglés de hispano hablantes contienen muchas menos construcciones erróneas que las de publicaciones de autores que tienen el inglés como lengua materna. Facebook, por ejemplo, ofrece la posibilidad de evaluar la calidad de las traducciones. No tendría que ser difícil, por lo tanto, cuantificar si la sensación mía tiene una base real o no. De ser cierta mi hipótesis, se confirmaría, una vez más, que la gramática que aprendemos de niños sin saber que la aprendemos es un armazón mental del que no nos podemos desprender.

domingo, 14 de enero de 2018

Micromachismos.

En pocas horas, recibí tres mensajes en los que tres hombres distintos hablaban de "hacer de canguros" porque tenían que cuidar a sus hijos. No les reproché nada porque me temo que yo también habré usado esa expresión. Pero no estaban haciendo de canguros, estaban haciendo de padres.

martes, 2 de enero de 2018

La tiranía del deporte rey.

Hace unos meses (*), fui a jugar un partido de baloncesto. Era la fiesta mayor de un pueblo cercano e invitaron al equipo de mi barrio.  Al llegar a la pista polideportiva, se estaba disputando un partido de fútbol sala. Las gradas estaban llenas. Entre el público encontré a una más que conocida pero menos que amiga. Charlé unos segundos con ella y el entrenador nos ordenó empezar a calentar. Estaba guapa, la puñetera.
El encuentro transcurría con una cómoda ventaja para nosotros.Cuando faltaban tres o cuatro segundos para acabar, provocamos una violación del rival. David sacó desde nuestro campo, recibí en mitad de la pista y lancé, y encesté. Vaya pedazo de triple. Podía presumir un poco delante de la chica guapa. Miré hacia la grada y la chica ya no estaba. Ni ella ni nadie. Se había marchado todo el mundo.
Maldito balompié.

(*) Entre 300 y 400 meses.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Ha bajado mucha agua.

Después de las últimas elecciones en Cataluña, mucha gente dijo que todo seguía igual. Leyendo solo la aritmética parlamentaria, puede parecerlo: algo más de la mitad de los escaños para el bloque independentista con algo menos de la mitad de los votos. Pero, como dijo Heráclito, nadie se baña dos veces en el mismo río. Por el cauce de la política catalana ha bajado mucha agua durante los últimos meses como para ignorar que el río ha cambiado.
Hemos aprendido que, con la mitad de la población a favor de la independencia, no te va a reconocer ni el tato en la comunidad internacional.
Hemos aprendido que intentar prohibir un acto en el que quieren participar dos millones de personas no te hace ganar ni un voto entre esos dos millones de personas.
Hemos aprendido que fracasar desde el gobierno cuando intentas prohibir un acto te hacer perder votos entre los tuyos.
Hemos aprendido que la mayoría silenciosa no era mayoría.
Hemos aprendido que había mucha más gente silenciosa de lo que creían los que negaban la existencia de esa mayoría.
Hemos aprendido que insultar y menospreciar al otro bando en situaciones polarizadas, te hace ganar votos en tu bando, pero no hace cambiar de bando a nadie.
Hemos aprendido que, para evitar la independencia, bastaba con promulgar la aplicación del 155 y enviar policías a los despachos. No hacía falta enviar a los antidisturbios el 1-O ni que el fiscal solicitará prisión incondicional para los encausados.
Hemos aprendido que el independentismo tiene ahora un techo en el 50%. Para un movimiento que ha hecho del victimismo un importante combustible, tener líderes en la cárcel o huidos, no es un hándicap, es queroseno.
Hemos aprendido que el constitucionalismo tiene ahora un techo en el 50%. Poca gente más arrancarán del abstencionismo.
O quizás no hemos aprendido nada y solo son deducciones mías.
Porque si los que toman decisiones han llegado a conclusiones parecidas a las mías, durante la próxima legislatura no se convocarán referendos de manera unilateral, no se enviará a los antidisturbios a intentar evitar lo inevitable, los fiscales serán más prudentes, no se declararán independencias inviables. Y no lo harán porque se habrán dado cuenta de que no es efectivo, no porque lo consideren ético.
Así que, aunque los gobiernos de Madrid y Barcelona seguirán manipulando sus televisiones públicas, el otro bando seguirá siendo antidemocrático, se seguirán retorciendo las leyes y reglamentos a favor del que los aplica y la mitad de los catalanes seguiremos convencidos de que la otra mitad está profundamente equivocada y nos lleva a la ruina; espero una legislatura bastante más tranquila.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La hora de los traidores.

Si las encuestas electorales se cumplen, o solo se desvían algunos puntos, el próximo Parlament será un instrumento inútil para las grandes decisiones de la historia. Bueno, más que grandes, grandilocuentes. Ni podrá declarar la independencia ni sacralizar la unidad de España. Podrá hacer otras muchas cosas que nos pueden favorecer a perjudicar a los que quedamos amparados por su manto legislativo. Pero, para eso, será necesario que bastantes diputados se salten sus líneas rojas, ese mecanismo mental que venden como coherencia pero que apesta a fanatismo. Para empezar cualquier proyecto, hará falta que que un número importante de diputados pacte con aquellos con los que dijo que no pactaría jamás. Y tendrán que escuchar que todos los que están a su lado de La Línea Roja pero en otro partido les llamen traidores. Y, lo que es peor, muchos de sus votantes también se lo llamarán. Será el precio que tendrán que pagar para garantizar que la escuela respeta sus valores religiosos, o favorece la igualdad de oportunidades (que cada uno escoja); para presentar una candidatura decente a una agencia Europea... No hablo de tender puentes, restañar heridas, unir sociedades ni otras mil frases rimbombantes. Hablo de tragarse muchos sapos para poder asfaltar un puñetero camino rural. O seguir como ahora.
Ha llegado la hora de los traidores. Los necesitamos.
Y ahora, a seguir con los eslóganes. Cuantos más votos saques, menos sapos tendrás que tragarte.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Distancias insalvables.

Mi madre se llamaba Clara Len García. Un primer apellido muy poco frecuente por el que me han preguntado muchas veces "¿ese apellido es chino?". Yo solo sabía lo que recordaba de lo que me había explicado mi madre. Su abuelo era un pastor trashumante de un pueblo Salamanca, (Villabuena o Villanueva o algo así), que un año decidió no volver y quedarse en Segura de Toro, un pueblecito del norte de Cáceres.
Mi abuelo también emigró, aunque fueron pocos kilómetros, los tres que separan Segura de Toro de Casas del Monte. La migración de mi madre fue mayor, entre Manresa y Casas del Monte hay más de 800 kilómetros.
Hace unas semanas, mediante Linkedin, contactó conmigo alguien apellidado Len y que me encontró buscando el apellido. Me contó que su familia era de Valbuena, en Salamanca, y que allí la teoría más aceptada es que Len proviene de Lenz, probablemente algún alemán que fue a trabajar a las fábricas textiles de Béjar.
Me entraron muchas ganas de visitar Valbuena y busqué en Google Maps para saber dónde caía ese pueblo y si quedaba muy lejos de Casas del Monte.
Entre el pueblo de mi madre y el de su abuelo solo hay cuarenta kilómetros. Cuarenta kilómetros que ella nunca recorrió.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Parecía una canasta fácil.

Si has jugado a baloncesto (y no eres un crack) reconocerás la situación. Has recibido la pelota a tres metros de la zona, por tu lado bueno y entre tú y la canasta hay una diagonal limpia de rivales, Sales disparado hacia el aro y después de dos botes te encuentras rodeado de defensores, con las líneas de pase cortadas y ya has saltado. Tu única opción es lanzar de cualquier manera y esperar que la hostia que te vas a llevar (eso es lo único seguro en esta jugada: la hostia) sea considerada falta personal por algún árbitro. Casi nunca la pitan, es más, a veces hasta deciden que el choque es culpa tuya y te pitan falta en ataque. Por lo menos, tu afición más incondicional te aplaudirá y acusará al rival de juego sucio y a los árbitros de tragarse el pito.
Carles Puigdemont está en la misma situación. Vio una oportunidad que parecía fácil para la independencia. Sin embargo, cuando el objetivo parecía más cercano, se dio cuenta de que era inalcanzable. Intentó sacar el balón fuera convocando elecciones autonómicas, pero las líneas de pase estaban cortadas. Así que hizo lo que hacemos todos los jugadores malos de baloncesto, soltar la pelota de cualquier manera (hacer algo parecido a una declaración de independencia), acomodar el cuerpo para que la torta no haga mucho daño (largarse a Bruselas) y mirar cómo el árbitro (la UE), de señalar alguna cosa, señala falta en ataque. Eso sí, la afición incondicional protesta al rival y al árbitro, pero no culpa nunca a su jugador de haber tomado una decisión errónea.