De pequeño, cuando visitaba a mis tíos, mi tía Socorro me sacaba unas galletas y una copa de quina, moscatel o cualquier otro vino dulce. Cuando visitaba a mi abuela Lucila, me ponía un vaso de cerveza con gaseosa. Mis padres, en las fiestas menores me dejaban beber vino con gaseosa y en las mayores champán (entonces no se llamaba cava). No los culpéis, la sociedad lo admitía, hasta se hacían anuncios de cerveza y vino publicitando las bondades de dichos productos para los niños.
No fue hasta 1990 que se prohibió la venta de alcohol a menores de 16 años, 18 para las bebidas de alta graduación. Hubo quejas: el gobierno quería coartar la libertad de las familias para educar a sus hijos, era imposible evitar que los menores bebieran, era un ataque a empresas que aportaban mucha riqueza...
En parte, las críticas tenían razón.
El gobierno se inmiscuía en cómo los padres debían alimentar a sus hijos. Pero también se inmiscuía cuando determinaba que existía una educación obligatoria y a nadie le parecía mal.
El control total era imposible y los menores podían seguir obteniendo alcohol, y pueden obtenerlo hoy en días. También están prohibidos los asesinatos y siguen produciéndose. No por ello vamos a legalizarlos.
Algunas empresas perdieron clientela, pero las bodegas siguen siendo un negocio boyante.
Ahora, hemos descubierto que las redes sociales son nocivas para los niños. Podemos estar contentos, hemos tardado bastante menos que en darnos cuenta de que el alcohol era malo. El gobierno ha decidido tomar cartas en el asunto y ha anunciado que prohibirá el acceso a redes sociales a los menores de 16 años. Aparecen las mismas críticas que en el siglo pasado: nos quieren coartar la libertad, es imposible ponerle puertas al campo, se ataca a grandes empresas...
