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martes, 23 de junio de 2026

El gilipollas del pañuelo.

En 2007 corrí mi primera carrera popular. En la salida me presenté con una camiseta de algodón de manga corta y unos pantalones de uno de mis últimos equipos de baloncesto. Las zapatillas eran específicas para correr, de la gama de iniciación. Pronto me di cuenta de que desentonaba. Hasta en mi cajón de salida, el de los que solo aspiran a acabar, la gente iba bien equipada.

Algunas de las tendencias las adopté pronto. La segunda carrera ya la disputé con la camiseta técnica que me dieron en la primera. Vi mucha gente que corría con malla. Yo sabía de la tele que las mallas son para los velocistas. Los fondistas corrían con pantalones muy corto con cierto vuelo. Para ventilar, supongo. Me compré unos. A las cuatro o cinco carreras, harto de acabar con los muslos irritados por el roce, me compré unas mallas que me quedaban fatal pero protegían mi delicada piel.

Algunos artilugios me parecieron exageraciones absurdas en las que nunca caí. Ver a gente con mochilas-cantimplora o cinturones porta-gel en carreras de cinco kilómetros me daba ganas de preguntarles si tenían miedo de perderse y tardar horas en llegar al siguiente punto de avituallamiento.

Pero los que de verdad me dejaban ojipláticos eran  los que llevaban bragas de cuello colocadas en la cabeza como un pañuelo pirata largo. ¿Se sentían más aerodinámicos? ¿Tapaban una incipiente calva con esa melena de tela? ¿No querían ser reconocidos y por eso llevaban unas gafas de sol además de la braga?

Hace un año me operaron los ojos para quitarme la miopía. Desde entonces, los tengo más irritables. Cuando me entra sudor, me molesta mucho. He probado varios métodos para que me entre menos sudor hasta que he descubierto el que por ahora me resulta más eficaz. Corro con una braga de cuello colocada en la cabeza como un pañuelo pirata largo. Ahora soy yo el gilipollas del pañuelo.



viernes, 17 de febrero de 2017

Ya venías escandalizado de casa.

Anda el patio alborotado con la sentencia que ha condenado a Iñaki Undargarín a 6 años de cárcel y a su esposa a pagar 228.000€. También han condenado a Diego Torres y a su mujer, pero éstos le importan un pito a la opinión pública.
Casi todos los que se manifiestan se quejan de la benevolencia del juez. La verdad es que nuestros vecinos franceses pusieron el listón muy alto hace poco más de dos siglos, y ahora es muy difícil contentar a la gente.
¿Son muchos, seis años de cárcel por robar? No tengo ni idea. Un conductor borracho mató a un pasajero y solo lo condenaron a dos años. A mí me parece más grave matar. Pero si lees que un joven fue condenado también a seis años por pagar 80€ con una tarjeta falsa, piensas que al exbalonmanista le ha salido muy barato el pufo.
Y lo de la infanta es más complicado todavía. ¿Está bien que tu marido se lo lleve crudo y tu mires para otro lado? Pues, no, no está nada bien. ¿Es delito? Eso ya no lo sé. Por el nombre de la figura delictiva, "colaborador necesario", deduzco que puedes ser condenado si el delincuente no podía cometer el delito sin tu ayuda. Pero tiene toda la pinta de que el infante consorte podría haber estafado perfectamente con o sin la firma de su señora esposa.
Si yo hubiese cometido delitos semejantes (por inferior cuantía, naturalmente, que uno da para lo que da), probablemente me hubiese llevado una condena mayor. También es cierto que no hubiese podido gastar tanto en abogados. O sea, que a lo mejor la culpa no sería tanto del juez, como de la habilidad de los leguleyos.
A mí, la sentencia me parece benévola, pero no escandalosa. ¿Y a ti? ¿Qué condena te hubiese parecido justa?